Episodios del pódcast

Podcast

He decido iniciar un pódcast sobre algunos temas que considero importantes para entenderse a uno mismo y caminar hacia el bienestar y la madurez. En un principio, los audios pretendían ser un recurso añadido a las terapias, pero he decido publicarlos para todo el mundo, por si alguien quiere beneficiarse de los contenidos expuestos.

      A continuación, os dejo los enlaces a los episodios. Espero que los disfrutéis.

Episodios del pódcast Psicología perenne

       A.-INTRODUCCIÓN

1.-¿Por qué a veces pierdo el control? (Parte 1) #1

       Perder el control significa salirse de la ventana de tolerancia. Vemos cómo reacciona nuestro cerebro cuando esto ocurre.

2.-¿Por qué a veces pierdo el control? (Parte 2) #2

       Vemos los tres ámbitos que afectan a las diferencias individuales en nuestras ventanas de tolerancia: el ámbito biológico, el social y el psicológico.

3.-¿Por qué a veces pierdo el control? (Parte 3) #3

       Dibujamos un mapa de nuestra mente para entender cómo influyen las diferencias psicológicas en nuestras luchas internas y en la pérdida de control.

4.-Síntesis: mapa del trabajo personal #7

     Aquí se exponen los puntos en los que se centrará el trabajo personal que expondremos en el pódcast: el yo profundo o auténtico, las heridas que tenemos y las protecciones contra esas heridas.

       B.-DOLOR Y VULNERABILIDAD

1.-¿Qué hago con mis debilidades? (Parte 1) #4

       Aquí se explora la cruzada social contra la vulnerabilidad y cómo esto afecta a nuestra salud.

2.-¿Qué hago con mis debilidades? (Parte 2) #5

       Se habla sobre la importancia de aceptar nuestras partes vulnerables y sobre lo importante que es eso para generar un vínculo seguro con los demás

3.-¿Qué hago con mis debilidades? (Parte 3) #6

       Aquí hablaremos de las inspiradoras investigaciones de Brené Brown, y también compartiré una carta que ayuda a conectar con nuestra vulnerabilidad.

 C.-LAS PROTECCIONES CONTRA EL DOLOR

En proceso

 D.-CONECTAR CON EL YO AUTÉNTICO

1.-Empachos de negatividad y positividad #8

Hablamos sobre las consecuencias que tiene aferrarse con rigidez tanto a la negatividad como a la positividad, y cómo lo interesante es poder integrar estas dos partes de la vida, de la gente y de nosotros mismos.

2.-Conectar con los otros (Parte 1) #9

      ¿Por qué es tan importante sentirnos conectados a otras personas? ¿Cómo esto está reñido con la necesidad de aceptar que, de adultos, no podemos exigir a otros que satisfagan nuestras carencias emocionales?

3.-Conectar con los otros (Parte 2) #10

    Hablamos sobre lo importante que es el que nuestras expectativas sobre lo que podemos esperar de otros sean realistas, y sobre cómo pasar de un modelo de pedir a los demás a un modelo de dar a los demás. También se enseña un ejercicio para conectar con otros y se dan tips para conocer gente.

Validar lo que siento

Si habéis leído algo sobre meditación/mindfulness, sabréis que esta actividad implica la aceptación. Para mí, la aceptación está relacionada con el amor: el amor es incluir —que asimismo es conectar—, mientras que el odio es excluir —que asimismo es desconectar—. Amar es abrazar, invitar, meter algo o alguien en la foto que nos representa; lo contrario sería empujar, luchar, sacar de la foto, marcar una frontera entre yo y aquello que se deja aparte, en las sombras. Y esto es aplicable a cómo nos relacionamos con los demás, pero también a cómo nos relacionamos con nosotros mismos, porque a veces también batallamos con lo que pensamos o sentimos, o con ciertas partes de nuestro yo.

                Dado que difícilmente podremos estar en paz con el mundo si no lo estamos con nosotros mismos, quisiera compartir un texto que he escrito para que nos ayude a aceptar aquello que sucede en nuestro interior, para que nos ayude a tratarnos con amor, a liberarnos de mucha culpabilidad con respecto a lo que sentimos y, por ello, a reconocer y reconciliarnos con las dinámicas de nuestro corazón.

               Pero antes quisiera introducir algunas ideas, para que, cuando leas el texto, entiendas mejor por qué lo escribí así. Espero que este artículo te resulte interesante.

1. La importancia de reconocer nuestra vulnerabilidad

Quizá una de las cosas contra la que más luchamos sea nuestra vulnerabilidad, por eso, me voy a centrar en ello en este artículo. Hay muchas razones para que esto sea así, que van desde lo estrictamente biológico a lo puramente ambiental o cultural. Por supuesto, entre esas razones se encuentra la protección ante personas que podrían usar nuestra vulnerabilidad para hacernos daño. Sin embargo, esta no es la única explicación, puesto que a muchos les cuesta mostrar su vulnerabilidad ante personas que supuestamente son de confianza, como amigos o pareja; incluso, más allá de ellos, en ocasiones parece como si uno quisiera ocultársela a sí mismo. Esto lleva a pensar que también hay detrás un elemento social, algo que nos empuja a percibir la propia vulnerabilidad como vergonzante. Sobre este tema recomiendo una serie de vídeos de la investigadora Brene Brown, quien descubrió que las personas más seguras y valientes son, precisamente, las que muestran con mayor facilidad su vulnerabilidad [las indicaciones sobre dónde encontrar los vídeos son del momento en el que se publicó este artículo]:

                —1. Brene Brown: El poder de la vulnerabilidad. Disponible gratis en Youtube

                —2. Brene Brown: Escuchando a la vergüenza. Disponible gratis en Youtube

                —3. Brene Brown: Sé valiente. Netflix, con suscripción.

                Más allá de las afirmaciones de Brene Brown en estas magistrales charlas que os he recomendado, no es difícil percatarse de la antipatía social hacia la vulnerabilidad. Hay multitud de libros de autoayuda sobre los efectos perniciosos de la dependencia y la debilidad, y sobre las maravillas de la autosuficiencia. Es más, el DSM V, manual de diagnóstico psiquiátrico de referencia mundial, incluye el trastorno de la personalidad por dependencia; sin embargo, no encontramos ningún trastorno de la personalidad por independencia. Asimismo, desconozco —si los hay— libros de autoayuda que hablen de los efectos perniciosos de la autosuficiencia y la fortaleza. Parece como si la dependencia y la debilidad fueran signos de inmadurez psicológica y la independencia y fortaleza signos de madurez. Y a veces da la sensación de que el «Yo puedo» y el «Me basto solo» son los gritos de guerra de la persona realizada del siglo XXI.

                Sin embargo, los estudios sobre los estilos de apego de Bowlby y Ainsworth, ya absolutamente validados y asentados en la ciencia de la psicología, apuntan desde hace décadas a otra realidad muy diferente. No voy a describir sus aportaciones porque me llevaría mucho tiempo y porque podéis leer sobre ello en un montón de páginas de internet. Creo que basta con decir que el estilo de apego seguro coincide con las investigaciones de Brene Brown, y no retrata precisamente a una persona autosuficiente o independiente (por descontado, tampoco a una persona patológicamente dependiente). Los extremos de la dependencia y la independencia corresponden con dos estilos de apego inseguros: el ansioso y el evitativo, respectivamente. Si bien el primero, el ansioso, sí queda señalado por nuestra cultura como dañino, el segundo se identifica culturalmente con la persona segura de sí misma; no obstante, los estudios recogen que estas personas, aparentemente resueltas y autosuficientes, también manifiestan respuestas fisiológicas propias de la inseguridad patológica. La diferencia es que en las personas de apego ansioso su malestar emocional es evidente para ellas mismas —y para los demás—, mientras que en las de apego evitativo se ha producido una desconexión con su malestar; es decir: no es que estas personas no alberguen inseguridad, lo que sucede es que sus sentimientos de inseguridad les pasan inadvertidos (pero sus cuerpos sí están respondiendo con inseguridad). La personalidad segura, verdaderamente segura —en su cuerpo y en su conciencia— es, paradójicamente, aquella que camina con gracilidad entre las orillas de la dependencia y la independencia, de la debilidad y la fortaleza.

                El discurso social que tilda de vergonzante las manifestaciones de debilidad y dependencia no es nuevo. Por ejemplo, hoy se sabe que hasta hace bien poco a los soldados que hablaban sobre sus síntomas de lo que ahora se denomina estrés postraumático se los acusaba de debilidad personal, como si el hecho de que volvieran afectados fuera un defecto de su personalidad, en lugar de una respuesta natural ante la situación tan brutal a la que se habían visto arrojados. «No pasa nada» es una de las frases más habituales que se les dirige a los niños, y luego de adultos casi siempre que nos preguntan «¿Qué tal estás?» respondemos «Bien», porque lo correcto es que no nos pase nada, que podamos apretar los dientes y tirar para adelante, sin molestar a nadie con nuestro sufrimiento.

                Claro, ante este panorama, es lógico que cuando en el colegio o en el trabajo no lleguemos a lo que nos pidan, nos culpemos a nosotros mismos: «No soy suficiente», «Soy débil, incapaz de soportar la presión». No se nos ocurre pensar que quizá el error es que se nos someta a esa presión o que se nos plateen objetivos desmesurados, incompatibles con el bienestar personal, con la vida social, la crianza de los niños… Con esos mensajes de «Sé fuerte» o «No pasa nada» la culpa es siempre de uno mismo, que es demasiado sensible o demasiado flojo, y así no hay nada que cambiar en las estructuras sociales, porque el problema nunca es del sistema, de su dureza, de su rigidez; el problema es siempre de los individuos, que no se adaptan bien a la guerra, que no saben insensibilizarse ante el dolor y la violencia. Y así es como me encuentro yo ante pacientes que, aunque saben que sufrieron bullying, una parte de ellos cree que fue por su culpa, porque no supieron defenderse, porque les afectó demasiado…, en definitiva, porque eran demasiado vulnerables, demasiado débiles, demasiado necesitados del respeto de sus iguales.

                Parar contrarrestar este sesgo cultural, he escrito el siguiente texto. Lo presento en dos versiones —una escrita en voz masculina y otra en femenina— para que, así, al leerlo, os podáis sentir más identificados. El objetivo de este texto es funcionar como catalizador para daros permiso a sentir lo que sintáis, más allá de esos absurdos ideales culturales sobre lo que deberíais ser, ideales que en realidad son una deformación de nuestra auténtica naturaleza y que solo nos están dañando. Deseo de todo corazón que os ayude a conoceros y a aceptaros más, porque solo conectando con nosotros mismos podremos conectar con el mundo y sus personas, y así fluir en el aquí y ahora.

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2a. Texto en voz femenina

Tengo derecho a sentirme a veces preocupada, agobiada, triste, cansada de luchar por sobreponerme al día, cansada por llegar a ser suficiente, por que me valoren, por que reconozcan que lo intento, que intento sacar las cosas adelante, que intento estar bien, hacerlo bien. Tengo derecho a sentir que a veces ya no puedo más, que ya no sé qué más hacer, que estoy perdida, bloqueada, que me siento pequeña y frágil, como si todo se pudiera desmoronar en cualquier momento, como si todo lo que he conseguido y me da seguridad lo pudiera perder al instante, con la sensación de que no pudiera apoyarme en nada sólido, de que caminara sobre la fina capa de un estanque helado.

            Tengo derecho a que a veces me dé miedo salir al mundo, y me dé miedo la gente, que me hagan daño, que me griten, que me ignoren, que me humillen, que se rían de mí, que me vean inferior a ellos; miedo a que me traicionen.

            Tengo derecho a sentir a veces miedo a la soledad, a que los demás no me vean interesante, o atractiva, a que yo no les guste y no quieran pasar su tiempo conmigo. Tengo derecho a sentir a veces miedo a que yo no les importe, o no me elijan, o me vean como una carga. Y tengo derecho a sentir a veces angustia porque no llego a lo que los demás esperan de mí o porque no soy quien ellos esperaban, derecho a sentirme una decepción o a sentir que no soy quien debería ser.

            Tengo derecho a sentir todo esto porque a veces la vida es muy difícil y cruel, y porque a veces las personas son muy difíciles y crueles, incluso aquellas que se supone que nos quieren.

            No vine al mundo esperando que la vida y sus personas me trataran con dureza; vine al mundo con la expectativa de ser acogida por la vida, igual que se trataría a un invitado. No llegué aquí esperando que pudiera pasar hambre, o frío, o que una enfermedad pudiera robarme mi salud o robarme a un ser querido. Y vine pensando que mi tribu, que eran todas las personas del mundo, se alegraría de verme y me abrazaría un día tras otro, y disfrutaría de mi compañía, y me enseñaría de la mano todas las cosas curiosas del mundo. Mi tierno corazón de bebé, y ningún otro tierno corazón de bebé, estaba preparado para entender que también tendría que protegerse de ellos, de la tribu, de las personas.

            Por eso, es normal que ahora me encuentre confundida, en duelo. ¿Por qué se ha complicado todo tanto? ¿Por qué no ha sido más natural, más fácil?

            Por eso, si ahora me siento agobiada, agotada o cabreada, tengo derecho.

            Y no es que yo sea incapaz o que haya algo malo o estropeado en mí, me siento así porque ¿cómo podría sentirme de otro modo? Simplemente, tengo sentimientos, porque soy persona. Y tengo derecho a sentirme como me siento porque la vida y la gente es a veces muy difícil y porque yo soy humana; porque no estoy enferma y soy muy humana; tan humana como tú, y tan normal que a veces vivir me duele, y no puedo, y no llego.

            Tengo derecho, ¿verdad?

            ¿Verdad que lo tengo? ¿Verdad que lo tenemos?

2b. Texto en voz masculina

Tengo derecho a sentirme a veces preocupado, agobiado, triste, cansado de luchar por sobreponerme al día, cansado por llegar a ser suficiente, por que me valoren, por que reconozcan que lo intento, que intento sacar las cosas adelante, que intento estar bien, hacerlo bien. Tengo derecho a sentir que a veces ya no puedo más, que ya no sé qué más hacer, que estoy perdido, bloqueado, que me siento pequeño y frágil, como si todo se pudiera desmoronar en cualquier momento, como si todo lo que he conseguido y me da seguridad lo pudiera perder al instante, con la sensación de que no pudiera apoyarme en nada sólido, de que caminara sobre la fina capa de un estanque helado.

            Tengo derecho a que a veces me dé miedo salir al mundo, y me dé miedo la gente, que me hagan daño, que me griten, que me ignoren, que me humillen, que se rían de mí, que me vean inferior a ellos; miedo a que me traicionen.

            Tengo derecho a sentir a veces miedo a la soledad, a que los demás no me vean interesante, o atractivo, a que yo no les guste y no quieran pasar su tiempo conmigo. Tengo derecho a sentir a veces miedo a que yo no les importe, o no me elijan, o me vean como una carga. Y tengo derecho a sentir a veces angustia porque no llego a lo que los demás esperan de mí o porque no soy quien ellos esperaban, derecho a sentirme una decepción o a sentir que no soy quien debería ser.

            Tengo derecho a sentir todo esto porque a veces la vida es muy difícil y cruel, y porque a veces las personas son muy difíciles y crueles, incluso aquellas que se supone que nos quieren.

            No vine al mundo esperando que la vida y sus personas me trataran con dureza; vine al mundo con la expectativa de ser acogido por la vida, igual que se trataría a un invitado. No llegué aquí esperando que pudiera pasar hambre, o frío, o que una enfermedad pudiera robarme mi salud o robarme a un ser querido. Y vine pensando que mi tribu, que eran todas las personas del mundo, se alegraría de verme y me abrazaría un día tras otro, y disfrutaría de mi compañía, y me enseñaría de la mano todas las cosas curiosas del mundo. Mi tierno corazón de bebé, y ningún otro tierno corazón de bebé, estaba preparado para entender que también tendría que protegerse de ellos, de la tribu, de las personas.

            Por eso, es normal que ahora me encuentre confundido, en duelo. ¿Por qué se ha complicado todo tanto? ¿Por qué no ha sido más natural, más fácil?

            Por eso, si ahora me siento agobiado, agotado o cabreado, tengo derecho.

            Y no es que yo sea incapaz o que haya algo malo o estropeado en mí, me siento así porque ¿cómo podría sentirme de otro modo? Simplemente, tengo sentimientos, porque soy persona. Y tengo derecho a sentirme como me siento porque la vida y la gente es a veces muy difícil y porque yo soy humano; porque no estoy enfermo y soy muy humano; tan humano como tú, y tan normal que a veces vivir me duele, y no puedo, y no llego.

            Tengo derecho, ¿verdad?

            ¿Verdad que lo tengo? ¿Verdad que lo tenemos?

Ego y espiritualidad

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En la historia de la psicología, son varios los autores que han resaltado la importancia de tener en consideración la espiritualidad en el desarrollo psicológico. Quizá el más conocido sea Abraham Maslow, quien añadió la espiritualidad a su pirámide de las necesidades; y quedó situada por encima de la autorrealización. «Claro —podría uno preguntarse— si es una necesidad humana, universal, ¿qué pasa con aquellas personas que viven deliberadamente ajenas a todo lo espiritual?».

            Lo primero es diferenciar entre la espiritualidad y la religión. Hoy en día se usa mucho el término «espiritualidad laica». Esto me parece bueno, porque permite que la espiritualidad sea vivida tanto por aquellas personas que profesen una religión como por las que no; es decir, se permite vivir la espiritualidad tanto de una manera personal como institucional. Además, la espiritualidad laica abarca tanto a quienes son teístas (creen en un dios, o en dioses) como aquellos que no son teístas (como por ejemplo los budistas, que no creen en Dios). Por tanto, la espiritualidad es un término amplio que abarca a muchas personas, religiosas y no religiosas, y se refiere a cómo vivimos cada uno aquello que trasciende la individualidad, la persona, el ego, aquello que podríamos llamar «lo transpersonal».

            En segundo lugar, también habría que considerar a quienes no son espirituales en absoluto —gente que considere que no hay nada más allá de las formas materiales y sus manifestaciones individuales, aisladas—. Para mí esto no implica que la espiritualidad carezca de universalidad. También ha habido muchas personas a lo largo de la historia que han renunciado, por ejemplo, a la sexualidad, y eso no quiere decir que el sexo haya dejado de ser una necesidad humana. Hay distintas razones por las cuales las personas podemos renegar de nuestras necesidades fundamentales, pero esto no las anula como necesidades, simplemente complica la vida a quienes las desatienden, porque les obliga a gastar mucha energía psíquica conteniendo o desplazando tales necesidades.

            Yo creo que todos los humanos nacemos con ese anhelo de lo trascendente, de lo que va más allá de nuestro yo individual, seamos teístas, panteístas o no teístas. Lo podemos entender como un ser supremo, como una energía, como el Tao, como un vacío lleno de vida, como algo inexpresable que surge cuando cae la ilusión del ego o como lo que expresó George Lucas a través de Yoda: «Un poderoso aliado que crea la vida, que la hace crecer. Su energía nos rodea y nos une. Somos seres luminosos, no esta materia cruda. Debes sentir la Fuerza a tu alrededor; aquí, entre tú, yo, el árbol, la roca, en todas partes, sí. Incluso entre la tierra y la nave». Y creo que hay personas que, por decepción o por lealtad a la educación recibida, han desconectado de ese anhelo espiritual con el que han venido al mundo. A veces ha ocurrido por negligencia de quienes enseñan incluso desde las propias religiones, quizá porque alentaron renegar de la espiritualidad, empeñados en reducir la religión a normas y dogmas. Pero la espiritualidad es fresca y viva, y no pertenece a nadie (o, dicho de otro modo: nos pertenece a todos por igual).

            En conclusión, me gustaría plantear tres posiciones ante la espiritualidad.

1.-En primer lugar, hay personas que han desconectado de su necesidad fundamental de espiritualidad. A veces no son conscientes de su anhelo por satisfacer esa necesidad. Esto es algo que ocurre muy frecuentemente con las necesidades psicológicas de cualquier tipo, bien porque no fueron activadas en la infancia, bien porque no fueron satisfechas —por desatención, rechazo familiar, etc.—. Por supervivencia ante la frustración que esto generaba, la persona desconectó de su conciencia el deseo de satisfacer la necesidad, pero, si le colocáramos un dispositivo de neuroimagen, veríamos que, aunque su consciencia no lo registre, en su cerebro sí hay actividad orientada a la necesidad psicológica (estimo que, si esto ocurre con otras necesidades psicológicas, también pasará con la necesidad espiritual). Otras veces hay personas que luchan contra su necesidad por medio de un mecanismo de defensa llamado formación reactiva: se vuelven críticos con las personas espirituales porque no son capaces de aceptar su propio anhelo. Es su manera de apartar, de esconder lo que pasa dentro de ellos mismos —cualquier atisbo de su propio deseo—, y lo consiguen luchando contra ello cuando lo ven fuera (sería algo similar a quien es muy crítico con la homosexualidad porque no es capaz de admitir que alguna vez ha sentido cierta atracción por alguien del mismo sexo).

2.-En segundo lugar, están los místicos y los seres iluminados. Estas personas no solo han conectado con su anhelo espiritual, sino que además han encontrado el modo de entregarse a él y satisfacerlo. Como dice Nisargadatta Maharaj: «El problema no es el deseo, sino desear lo incorrecto». Estas personas supieron leer cuál era su anhelo más profundo, lo pusieron como su prioridad y se dejaron guiar por él hasta conectar con lo transpersonal y saciar toda sed espiritual. Es cierto que algunos se encontraron con lo trascendente de sopetón; pero ese no fue el caso ni de Nisargadatta Maharaj ni de muchísimos otros, como Buda, que tuvieron que entregarse un tiempo a su búsqueda hasta que florecieron.

3.-En tercer lugar, están los que sí conectan con su anhelo espiritual, pero todavía no se han entregado a él, porque su ego permanece en lucha contra la llamada de lo trascendente. Supongo que la mayoría de quienes estáis leyendo este artículo os colocaréis en este grupo. Por eso, el resto de este artículo va dirigido a vosotros, y es una breve reflexión sobre esta lucha. Espero que lo disfrutéis.

1. La entrega a lo transpersonal

Las reflexiones de Caroline Myss sobre la entrega a lo transpersonal, a vivir de un modo que trascienda nuestra individualidad, son muy interesantes. Lo hace en su libro Las siete moradas, donde realiza un estudio sobre la obra El castillo interior, de la mística Santa Teresa de Jesús.

            Caroline Myss considera que nuestro anhelo de lo divino es el más profundo de los anhelos, y nos acompaña desde el nacimiento. Esto se parece al concepto «retroprogresivo» de Salvador Pániker, que afirma que toda nuestra evolución es una búsqueda hacia adelante por recuperar la no-dualidad que tuvimos en un origen. Esa no-dualidad se refiere a la absoluta conexión y falta de tensiones originaria —el Edén bíblico que perdimos—, y que también podemos asociar a momentos perinatales, como cuando estábamos fusionados con la madre en la placenta. Por tanto, en todo corazón humano hay un deseo de conexión transpersonal, un deseo a veces secreto o reprimido; un deseo que según algunos, como Platón y Pániker, es un reencuentro con un estado primigenio, aunque con alguna diferencia, pues el reencuentro se produce tras un largo viaje evolutivo.

            Caroline considera que, al principio, solemos mostrar una fuerte resistencia a esta llamada de lo trascendente, una resistencia a este anhelo. Esa resistencia proviene de la identificación con el yo individual, con el yo externo y espacio-temporal, con el ego. Nuestro ego huye de lo trascendente, y lo teme, porque sabe que es tan intenso el brillo de lo «divino» que, una vez le haya tocado con esa luz, su existencia —la del ego— quedará reducida a cenizas, y automáticamente tendrá que volverse un siervo de lo trascendente. Y el ego —el yo individual y terrenal— no quiere ceder su control, aunque su resistencia genere sufrimiento: tiene miedo de que lo universal no cuide de sus intereses particulares, de su seguridad y supervivencia privadas. El ego piensa que su existencia será más caótica y arriesgada si cede ante la llamada, si suelta el timón; no se fía de que lo universal sea más inteligente que lo individual.

            A veces creemos que la iluminación es algo complicado y reservado para unos pocos, pero todos los maestros dicen que es realmente sencilla. Porque el problema no está en que sea una meta de difícil acceso: es nuestra negativa a confiar en lo trascendente lo que impide que nuestra conciencia florezca. Nuestro miedo a soltar la vida que llevamos, a abandonar nuestro sueño y nuestra fe en lo mundano e impermanente, es lo que levanta muros —y condiciones— que nos alejan de lo eterno. Quizá nuestra mente diga que desea lo trascendente, pero nuestro corazón no está dispuesto a entregarse. Y nuestro sufrimiento es, precisamente, la expresión de esa resistencia del ego.

            Podemos entender nuestra vida desde dos núcleos. El primero es el ego, nuestra persona, con nombre y apellidos, que desea sobrevivir y satisfacer sus necesidades individuales (todas las motivaciones de la pirámide de Maslow, excepción de la motivación transpersonal). El segundo núcleo es lo que podríamos llamar el alma, que anhela un sentido superior, que no se conforma con sobrevivir, que anhela lo sublime. ¿Cuál es mi prioridad? ¿A quién quiero servir? ¿A quién entrego mi corazón?

            Parece paradójico que la necesidad de lo transpersonal implique ponerse en manos de algo que nos trasciende, es decir, dejar en segundo plano el resto necesidades. Pero en realidad no es tan extraño; por ejemplo, para autorrealizarse también se ponen en jaque otras necesidades: hay que salir de la zona de confort o seguridad, correr riesgos económicos, enfrentarse al fracaso, a lo establecido, al grupo familiar o tribal…

2. No se necesita nada nuevo, tan solo soltar lo viejo

Ken Wilber —icono de la psicología transpersonal— nos anima a practicar meditación (mindfulness) para que diferenciemos entre el yo externo y el verdadero. El yo externo sería todo aquello del yo que pertenece al mundo del espacio y tiempo: el cuerpo, las sensaciones, las emociones, los pensamientos…; es decir, todo aquello de lo que podemos ser conscientes en un determinado momento y sobre lo que construimos nuestro autoconcepto, que no deja de ser otro pensamiento. Por otra parte, el verdadero yo no es más que el testigo, el testigo de todo aquello que sucede en nuestro espacio de conciencia. Ken Wilber sugiere que intentemos observar al testigo; claro, esto tiene trampa: en cuanto intentemos ver al testigo, convertiremos al testigo en parte de nuestro yo externo, y ese supuesto testigo será, a su vez, observado por un verdadero testigo que se halla detrás del espacio de la conciencia. ¿Qué quiere decir con esto? Que el auténtico yo no puede observarse, solo puede ser; que lo máximo a lo que podemos aspirar es a reconocer el falso yo como falso. Por tanto, nuestra madurez espiritual no consiste en hallar algo nuevo, o en conseguir algo diferente, sino que se trata más bien de desprenderse de lo falso, de quitar capas y capas de mentiras, de desnudar al yo de todos sus atributos. Esta noción ha sido defendida por múltiples místicos, como por ejemplo Mooji, quien siempre ha afirmado que el camino hacia la iluminación es un proceso de desprendimiento, y no un aprendizaje ni una acumulación.

            Esta idea me lleva a recordar mi propia experiencia espiritual, allá por mis diecinueve años. Fue un instante eterno de no-ego difícil de explicar: pude ser consciente de varios procesos mentales de manera simultánea —como si tuviera varias consciencias— y también fui consciente de que lo que siempre había llamado «yo» estaba totalmente conectado con el mundo —no había barrera entre aquel yo y el mundo, eran lo mismo—, y simultáneamente percibí un fogonazo, como un hermoso y poderoso sol al que solo se me ocurre llamar «lo absoluto». Por supuesto, este instante atemporal ocurrió sin drogas, y de manera espontánea (estaba repasando unos apuntes de clase y me dio por observar mi pensamiento para ver si su funcionamiento se correspondía con esas teorías). Ni siquiera buscaba aquello, porque por aquel entonces yo era radicalmente escéptico, racionalista y materialista (entendería su transcendencia unos meses después: un compañero de la facultad me habló del budismo cuando le relaté esta experiencia, y semanas más tarde saqué de la biblioteca el libro Budismo zen, de Daisetsu Teitaro Suzuki). Tras aquel instante, que por supuesto ha marcado toda mi vida, me vino una frase a la cabeza, frase que entonces sentí como absolutamente verdadera: «Nada es importante». Lo curioso es que, años después, me enteré de que el místico y sabio Jiddu Khrisnamurti había dicho que su secreto era que no le importaba lo que pasase.

            ¿Por qué me recuerda a lo que dice Ken Wilber? Porque ahora entiendo bien aquel mensaje de «Nada es importante». Cuando damos importancia a las cosas, las convertimos en nuestros dioses, en autoridades que determinan nuestra felicidad o infelicidad. La clave está en desprenderse de todo ello, en caminar ligeros. La importancia que le damos a las cosas es como un carro que se queda atascado en el barro, y entonces nos adherimos a una idea, un sentimiento o un objeto y luchamos contra el fluir, una tensión de la que surge el sufrimiento. La clave está en soltar todo aquello a lo que nos aferramos, sea un ente concreto o abstracto.

3. Nada tiene importancia

Si nuestro corazón da prioridad a la madurez espiritual, por encima de las insaciables necesidades del ego, es probable que nos resulte más sencillo soltar, desprendernos del yo externo, restarle importancia a todo lo que acontece en nuestro día a día. Es importante que esto no se haga desde el deber: «Debería no darle importancia». Toda actuación desde el deber, o desde lo correcto, viene siempre del ego —de su parte normativa y autoritaria—. El soltar contiene validez solo si surge desde el amor, y el amor es espontáneo. Nuestro trabajo consiste en ir quitando las trabas o resistencias al amor. Y el mejor maestro para saber si hay trabas es el sufrimiento, un indicativo infalible de que aún andamos atascados, en lucha contra algo.

            Nada tiene la importancia como para quedarnos atrapados en ello. Carecen de importancia nuestras creencias y las creencias de los demás, lo que opinamos y lo que opinan otros de nosotros mismos, el alcanzar la excelencia o ser mediocre, etcétera.

            Quizá ahora uno pueda decirse, indignado: «¿Cómo no va a ser importante que pierda mi trabajo? ¿Cómo no va a ser importante que me ponga enfermo?». Es lógico que uno piense así, porque desde un punto de vista del ego —de la identificación con el yo externo— tiene sentido obsesionarse por la supervivencia, porque nos validen, etc. Sin embargo, esa postura traerá sufrimiento y, casi con toda seguridad, empeorará nuestra capacidad de adaptación y supervivencia. Nuestras obsesiones generan más peligros de los que resuelven.

             También habrá quien piense que restarle importancia a todo nos conducirá a la inacción. Sin embargo, es todo lo contrario: al liberarnos de todas nuestras cargas, caminamos ligeros, con el corazón pleno. Y esto nos hará rebosar de vitalidad, y la vitalidad nada tiene que ver con quedarse bloqueado o parado; más bien, la inacción es consecuencia de lo contrario a la vitalidad: la depresión (y, en su sentido más volátil, la sensación de indefensión).

            Y no olvidemos que la depresión es adonde se llega cuando el campo de batalla se traslada del mundo externo al mundo interno. Liberarse de toda importancia no es volverse un pasota, sino deponer las armas, dejar de acuchillar el viento y, en su lugar, usarlo para navegar, o incluso para volar.

4. Soltar los falsos dioses

Liberarse de lo que yo no soy es también liberarse de los falsos dioses. Por «falsos dioses» entiendo todo aquello a lo que le otorgamos el poder de hacernos felices o infelices. Por lo tanto, siempre ha habido tanto dioses del placer como dioses del dolor; a unos se los busca y de otros se huye, pero todos ellos se erigen como divinidades de nuestro mundo.

            Por otra parte, tenemos a Dios, el Ser, el Tao… Ahí ya nos movemos en el terreno de lo incomprensible para la mente humana, por más libros que se hayan escrito acerca del tema. De ahí que lo más acertado sea no hablar de ello. «De lo que no se puede hablar es mejor callar», dijo el filósofo Ludwig Wittgenstein, o como empieza el Tao te king: «Del Tao que se puede hablar no es el Tao eterno».  

            Sin embargo, parece que el corazón sí puede sentir lo transpersonal; razón por la que no nos extraña que se haya dicho que el corazón está más cerca de Dios que la razón. Podemos sentir la trascendencia, pero no comprenderla ni delimitarla con palabras. A ese sentimiento podríamos llamarlo amor universal: un amor que es vitalidad, ligereza, aceptación, belleza pura.

            Si nos liberamos de los falsos dioses, de todas aquellas cosas mundanas o intelectuales en las que depositamos nuestra fe, nuestra esperanza de felicidad, entonces —con esa absoluta pobreza— se abre automáticamente la puerta al amor (o más bien apartamos los chismes que ocupaban su luz).

            Pero, claro, soltar el control y rendirse no es fácil, y no solemos hacerlo hasta después de habernos estrellado una y otra vez, hasta haber comprendido —por la vía de la frustración y el malestar— que ninguno de esos dioses nos liberarán jamás. Se entiende que Eckhart Tolle dijera el que el motor para la madurez del alma es el sufrimiento. Parece que esa es la vía de la humanidad, al menos hasta que ocurra lo que dijo Maharaj Nisargadatta: una vez madura, solo es necesario un instante para que la manzana se descuelgue del árbol de la ignorancia. Quizá la pregunta que debamos hacernos es: «¿Cuánto más necesito sufrir?».

5. Soltar el deber

A veces nos da miedo quitar importancia a las cosas, nos resistimos a ello con ferocidad. Puede que pensemos que, si no estamos preocupados por cumplir ciertas expectativas, por esforzarnos, nuestro mundo entrará en caos y será insoportable. No nos damos cuenta de que es nuestro estado de miedo el que caotiza nuestra vida —nos arranca de nosotros mismos, nos obliga a caminar agarrotados, con torpeza—, y que nuestro estado de miedo ya está haciendo insoportable la vida.

            En otras ocasiones, incluso lo defendemos desde los valores: «¿Cómo no voy a esforzarme en perfeccionar esta área de mi vida? ¿Acaso no es una virtud dar lo mejor de uno mismo?». Alimentamos nuestra autoexigencia envolviéndola de moralidad. Pero cabría preguntarse qué moralidad puede sostener esa violencia hacia uno mismo. Parece que la violencia hacia el yo está permitida: si mi entrega al trabajo me impide cuidar de mis hijos, es malo; pero, si me impide cuidar de mi mismo, no pasa nada. En resumen, el mensaje que hay detrás es: «Los demás importan, pero yo no», así que a mí mismo puedo maltratarme. Es frecuente que nuestra exigencia también se dirija hacia el mundo, que esperemos que los demás se aferren a nuestra rigidez, que se comporten como deben. Y acabamos enfrentados contra nuestros propios límites y contra los límites de los demás. Y parece que desde nuestra moralidad no hacemos sino andar peleando con el mundo y el yo y, más que paz, esos ideales solo traen la guerra, o una dictadura en defensa de lo correcto.

            Pero hay otra parte que sabe que eso no es vivir, y ahí surge el sufrimiento como maestro: «Algo no está yendo bien. Evoluciona», nos dice. Esa parte que se rebela es, en realidad, la antesala de la sabiduría. Pero nuestras civilizaciones siempre han premiado la obediencia, aunque obedecer nos haga daño, aunque sea violento hacia nuestra persona (hay miles de ejemplos, uno muy claro es cómo el deber ha empujado a las personas a participar de guerras entre reyes o Estados que en realidad eran absurdas para el día a día y los intereses de quienes combatían). Por suerte, a algunos les chirría el deber moral, aunque no por ello dejan de sentir miedo y culpa ante la posibilidad de desobedecer, de abandonar ideales que en realidad no son suyos, sino introyectados, de renunciar a contentar siempre a los demás. Con frecuencia creemos que, si soltamos toda esta presión, nuestra vida se descontrolará o perderemos la propia identidad.

            Sin embargo, la parte que se rebela, que se defiende a sí misma, sabe diferenciar entre el amor y el deber, entre lo trascendente y lo humano; sabe que desprenderse de toda esa carga permitirá caminar por la vida con ligereza y amabilidad, con la suficiente libertad como para que el amor pueda entrar en el corazón y brillar hacia el mundo. En definitiva, sabe que la moral que brota del sentimiento de belleza, de cariño, de libertad, es mucho más elevada que la moral del deber. Y el amor —que es transpersonal— no se expresa con palabras ni sentencias, sino que es danza y color, un lenguaje al mismo tiempo escurridizo y cegador.

            Sería bueno que nos preguntásemos: «¿Cómo me siento? ¿Me gusta vivir así? ¿Soy feliz?». Sería bueno conectar con esa parte insatisfecha de nosotros y tratar de soltar y soltar nuestras ambiciones, ya sean materiales, sociales, morales, espirituales. Como se ha dicho, para que el amor y su transformación puedan entrar en nuestro corazón es preciso la humildad de espíritu. Sé que a algunos esto les puede sonar a alegato de la mediocridad, y en cierto modo es así: hoy, se me presenta más luminoso el parar y permitirse las limitaciones que pasar la vida corriendo compulsivamente detrás de una zanahoria.

Por qué no disfrutamos del momento presente

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Cuando tratamos de hallar un denominador común a toda mística o espiritualidad —sea de Oriente u Occidente, del hemisferio norte o sur—, encontramos una respuesta que nos sorprende por su sencillez: vivir conectados con el aquí y ahora.

Aldous Huxley, autor de Filosofía perenne, ya supo percatarse de esto hace unas décadas y, en su sociedad utópica de La isla, los loros habían sido entrenados para repetir «Aquí y ahora» y, así, recordar constantemente a sus habitantes que retornaran su atención al momento presente. También el profesor de medicina Jon Kabat-Zin se dio cuenta de los beneficios psicológicos de esta práctica y, con el nombre de mindfulness o ‘atención plena’, introdujo el aquí y ahora en el ámbito de las ciencias de la salud; y desde entonces se ha ido demostrando, una y otra vez, su eficacia tanto en mediciones neurológicas como psicológicas.

Por tanto, los terapeutas de hoy nos encontramos con que una instrucción tan simple como «Lleva toda tu atención al aquí y ahora» podría ser suficiente para conseguir nuestros objetivos de salud y bienestar. Es decir, que con solo aplicar esa enseñanza podría bastar no solo para terminar con nuestros miedos e insatisfacciones, sino también para conectarnos con una realidad transpersonal o mística. Entonces, si ya sabemos lo que hay que hacer, ¿para qué seguir hablando?

Claro, el problema está en que no es lo mismo la teoría que la práctica; no es lo mismo saberse la teoría sobre cómo pilotar un avión que sentarse en uno y hacerlo despegar y aterrizar durante una tormenta (en psicología diríamos que no es lo mismo la memoria semántica que la procedimental, que de hecho están en partes muy diferentes de nuestro cerebro). ¿Has probado a dar un paseo de diez minutos sin distraerte con pensamientos del pasado o del futuro, sin evaluar o etiquetar lo que ves, sin lenguaje, tan solo observando como mero testigo, como si fueras un espejo que, simplemente, refleja el fluir? ¿Has aguantado si quiera unos segundos en el aquí y ahora, sin etiquetar tus estados de ánimo ni a la gente con la que te vas cruzando?

Vale, parece que ejecutar esa sencilla instrucción no es tan sencillo. Tenemos muchas resistencias a prestar atención plena al momento presente. Y ahí es donde la psicoterapia y las enseñanzas de los distintos maestros espirituales pueden ayudarnos, ayudarnos a soltar nuestras resistencias a conectar con el aquí y ahora.

Por eso, a continuación comento algunas claves importantes que nos podrían facilitar que podamos disfrutar del momento presente.

1. Comprender que conectar con el aquí y ahora no significa ser impulsivo o cortoplacista

Aquel que dice: «Voy a gastar todo mi dinero en un viaje, y ya veré de qué vivo la semana que viene» no conecta más con el momento presente que quien dice: «Prefiero ahorrar para tener un colchón económico». Ambos piensan en el futuro, solo que para el primero es más importante el futuro inmediato y para el segundo el futuro a medio o largo plazo. «Ahora» significa ‘este preciso instante en el que soy consciente de estar aquí’; es decir, ahora es ahora, y no dos segundos, dos minutos o dos horas después de ahora. Por tanto, nada tiene que ver con darse un placer hoy sin contar con las consecuencias de mañana. Perseguir un placer, ya sea dentro de unos segundos o de unos meses, implica un objetivo, y por tanto implica tiempo: y el ahora es ausencia de tiempo, es más como ese instante eterno donde todo sucede. Y lo mismo vale para el pasado: pensar sobre lo que nos ha pasado hace unos segundos tampoco es estar aquí y ahora. La confusión se debe a que estamos tan acostumbrados a vivir en el futuro y el pasado —ambos productos de nuestra imaginación— que ese universo mental, ese doble, nos parece más real que la auténtica realidad del presente. Es como si hubiéramos vivido siempre en el centro de una enorme ciudad: cuando por fin oliéramos un pino en el bosque diríamos: «Este bosque huele como el ambientador de mi casa». Sin embargo, el ahora existe y uno puede ser consciente de él; es más, el ahora es la realidad de toda existencia, porque incluso el futuro y el pasado suceden ahora, en nuestra mente (San Agustín de Hipona lo expresó de la siguiente manera hace ya mil seiscientos años: «Tres son los tiempos: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las cosas futuras»).

Por eso, cuando queramos conectar con el aquí y ahora, y evitar que la mente se nos vaya al futuro o al pasado —inmediato o lejano—, puede ayudar el repetirnos desde el corazón la siguiente frase: «Este preciso instante —en el que estoy siendo consciente de estar aquí— es el único que realmente existe». (El resto son construcciones de la mente: momentos o recuerdos imaginados).

2. Saber diferenciar entre conectar con el aquí y ahora y la evaluación de nuestras circunstancias presentes

Para aclarar esto, seguiré las enseñanzas de Eckhart Tolle, que diferencia entre el ahora y la situación de vida. Cuando uno tiene su corazón en el ahora solo puede haber paz; si decimos: «Mi momento actual es desagradable», se debe a que estamos evaluando o juzgando nuestra situación de vida, ya sea en un sentido amplio —familia, pareja, trabajo, economía…— o estrecho —estar en un atasco, con gente que nos aburre…—. Como ya hemos comentado arriba, conectar con el aquí y ahora requiere atención plena; esto es: entrega total, comunión, ausencia de lenguaje, de etiquetas y de evaluaciones sobre lo que se vive. Se trata de mirar como un bebé, ser como un espejo limpio, sin el ruido de nuestra voz interior. Por el contrario, la evaluación de nuestras circunstancias presentes o de nuestra situación de vida es un proceso mental, y por tanto nos desconecta del aquí y ahora.

Por ello, la clave es que para conectar con el aquí y ahora es necesario abandonar el discurso verbal, y cualquier otra forma simbólica. Hay que aprender a mirar sin juzgar, sin pronunciarse sobre lo agradable o desagradable de la situación; es más, incluso hay que olvidarse de que hay una situación, porque es como un diluirse en ella, un mero existir. No hay comparaciones, no hay esa resistencia o barrera de «Estoy viviendo esto, pero podría estar viviendo otra cosa»; hay un mero fluir con el ahora, tal y como se nos presente ese ahora. Se parece mucho a aquella frase de Jesús: «En tus manos encomiendo mi espíritu», donde uno se entrega a lo que es, a lo real (y se olvida de lo que le gustaría que fuera o de lo que podría ser, que son productos de la mente).

Quizá esta entrega total al aquí y ahora en ausencia de las palabras sea lo que más nos cuesta. Nuestra mente no quiere ponerse a un lado y siempre nos va a vender que prestarle atención a ella es más importante que nuestro aquí y ahora, siempre nos va a vender que debemos pensar más, darle más vueltas, preservar la narrativa, el discurso. Para contrarrestar esta tendencia, puede ayudarnos el recordar aquel dicho zen de que «Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado». Esta frase nos recuerda que, por mucho que nuestra mente encuentre fallos, carencias, debilidades… a nuestra situación de vida, en realidad cada momento es perfecto y no necesita ningún añadido.

Claro, desde el punto de vista de la mente lo anterior es falso, y dirá: «Menuda chorrada. Pero si mi trabajo podría estar mejor pagado», «Pero si podría estar pasándomelo mucho mejor en otro sitio», «Pero si mis hijos podrían estudiar más», etc. De ahí que, para conectar con el aquí y ahora y dejar el discurso verbal a un lado, puede ayudar el repetirnos desde el corazón la siguiente frase: «Este instante es el más importante y tiene absolutamente todo lo que necesito para realizarme». (El resto son idealizaciones, idealizar que el fin de semana, o el pago de la hipoteca, o el cambiar de trabajo, etc., me permitirán por fin estar en paz; si no sabemos conectar con el aquí y ahora, no ocurrirá así: la mente no tardará hallar nuevos motivos de intranquilidad e infelicidad. Y el único momento en el que podemos trabajar el conectar con el aquí y ahora es este preciso instante, ya —sean cuales sean nuestras circunstancias de vida—).

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3. Soltar nuestro excesivo deseo de control

Aunque tengamos claro qué es el aquí y ahora y nos repitamos con el corazón las frases que he recomendado antes, seguiremos experimentando muchas resistencias a conectar con el momento presente. ¿Por qué? Fundamentalmente porque nos falta confianza y corazón (seguro que hay muchas otras razones, y sería genial que cada uno de nosotros fuéramos investigando cuáles son, porque nos aportaría mucha luz y madurez en nuestro proceso de crecimiento personal).

Con respecto a la resistencia por miedo a soltar el control y confiar en la vida, no se culpa a nadie. Es un miedo comprensible: no hay más que echar un vistazo al mundo para constatar que hay una gran violencia. Sin embargo, lo que sí podemos cuestionarnos es si vivir en un estado de miedo nos está ayudando o, por el contrario, nos está robando fuerza y capacidad de adaptación. Ese es precisamente el reto: ir un paso más allá de lo aparente y cuestionar nuestra convicción de que dándole vueltas a la cabeza mejorará nuestra situación. Para ilustrarlo, me gustaría mostrar un texto de los Evangelios (Mt 6, 24-34):

Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mi­rad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embar­go, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?

¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vues­tro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.

Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, por­que el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

 

Como hemos podido leer, en este texto subyace la idea de confianza en la vida y en nosotros mismos, en nuestra capacidad para sobreponernos y afrontar los retos que la existencia pone ante nosotros, en la fuerza y la belleza que nos da la propia vida por el mero hecho de existir. Esta idea puede parecerle ingenua a nuestra mente, pero la clave está en varios aspectos que comentaré a continuación. (Antes de seguir, quisiera aclarar que suelo transformar la palabra «Dios» por «vida» o «naturaleza» porque la espiritualidad es patrimonio de todos, ya seamos creyentes, agnósticos o no teístas. Para mí son simplemente palabras, y lo que me parece más importante es el mensaje hacia el que apuntan y que busca el desarrollo y la felicidad de la humanidad).

 

1.- «¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?». Como comentaba al principio de este apartado, la cuestión no es convertirse en alguien temerario que se olvide de sus necesidades y de las consecuencias de sus acciones, sino que se trata de confiar en que nuestra naturaleza, con millones de años de evolución, es sabia, y al igual que sabe cómo hacer latir nuestro corazón sin necesidad de que estemos encima de ello, supervisando el proceso y preocupados por él, también sabe orientarnos hacia otras necesidades («Ya sabe vues­tro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso»). Por supuesto, no se trata de creer que por vivir en el ahora vayan a desaparecer los retos de la vida: que nos vayamos a librar de la enfermedad, de la muerte, que nuestro corazón no pueda dejar de latir en algún momento. Claro que todo eso formará parte de la existencia, y también los desengaños amorosos, la traiciones… La cuestión es si, por ejemplo, andar obsesionado con el latir de mi corazón va a ayudarlo a funcionar mejor o, por el contrario, va a generar un estrés añadido que, finalmente, provoque unos cambios bioquímicos que incluso puedan favorecer el riesgo de infarto. En conclusión, la idea de esta frase es, sobre todo, cuestionar la funcionalidad de nuestras preocupaciones, de nuestro estado de miedo, de nuestra sospecha, de nuestra desconfianza hacia la vida, la gente y nuestras capacidades.

2.- «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo». Esta idea también es muy importante, porque nos está diciendo que no podemos servir a nuestras preocupaciones al mismo tiempo que buscar la realización personal (o espiritual): o ponemos nuestro corazón en las preocupaciones o lo ponemos en el aquí y ahora («No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir»). Tenemos demasiada confianza en la mente (servimos a nuestra mente) y muy poca confianza en nuestra capacidad natural y espontánea para afrontar los retos. Insisto, de nuevo, en que esto no significa que por vivir en el aquí y ahora no vayamos a fracasar en varias ocasiones de la vida: ¡por supuesto que lo haremos!, pero el haber servido a la mente tampoco nos ha liberado del fracaso ni nos liberará de la muerte. De hecho, ha acentuado nuestras inseguridades, nos ha hecho perder energía levantando máscaras ante los demás, nos ha alejado del apoyo de los demás —por desconfianza ante el prójimo, por estar siempre comparándonos con ellos, queriendo competir, actuando a la defensiva…—, nos ha vuelto rígidos en nuestras respuestas, etc. En definitiva, servir a la mente nos ha debilitado y ha incrementado y escalonado los conflictos sociales a nuestro alrededor. A pesar de ello mantenemos nuestra lealtad hacia ese señor y damos la espalda al aquí y ahora, a la conexión con la vida, que demanda de nosotros una actitud mucho más original que los viejos patrones de nuestra mente.

3.- «Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Esto podría considerarse la conclusión: entrégate al aquí y ahora, conecta con tu yo más profundo, con la vida y los demás, con lo trascendente, y el resto vendrá solo. No pienses que por ello tu vida quedará entregada al caos; al contrario, estarás libre de ese estado de miedo y de su confusión, actuarás con toda la fuerza de un yo bien centrado, con la fuerza y la sabiduría del amor. Como suele decir Mooji: «La vida cuida de la vida».

4. La resistencia a perder la identidad

A diferencia de lo que se suele decir, la salud mental no tiene que ver con actuar, sentir o pensar de tal o cual manera, sino más bien con la flexibilidad para actuar, sentir o pensar de tal y cual manera. Es frecuente escuchar, incluso en la psicología, que existen creencias irracionales, sentimientos negativos y conductas desadaptativas. Esto es válido hasta cierto punto, porque no se trata de creer que ciertas actitudes son, en sí mismas, mejores que otras, sino que lo importante es saber leer el contexto, las circunstancias concretas en las que nos encontramos, y responder de la manera más inteligente posible. No hay formas de responder mejores que otras para toda circunstancia. Quizá nos gustaría que así fuera, quizá nos gustaría que hubiera una biblia de cómo actuar de manera infalible en cada ocasión; sería muy cómodo, pero no la hay ni la habrá: la realidad es como un baile, hay que captarla momento a momento, y cada momento tiene sus cambios rítmicos y su estilo propio.

En este sentido, no es mejor mostrarse cercano que distante, ser directivo u obedecer, priorizar las necesidades del otro o las propias, responsabilizar a otro o hacerse responsable uno mismo, etc. Hay circunstancias en las que lo más inteligente será adoptar una actitud y otras en las que lo más inteligente será adoptar otra. Lo que resulta insano es que nos enroquemos en una actitud y reaccionemos desde ella por sistema. Por el contrario, la salud es la capacidad de moverse suavemente entre los dos polos (remarco «suavemente» porque saltar de un polo a otro con brusquedad suele ser también un mal síntoma).

La identidad que construyamos sobre quiénes somos, quiénes son los demás y cómo es el mundo será también más o menos rígida de acuerdo con lo más o menos rígidos que seamos en esos otros aspectos de la vida. Que seamos más conscientes y libres, frente a más reactivos y rígidos, dependerá de lo aferrados o apegados que estemos a nuestras narraciones internas. Por eso, uno de los trabajos más importantes en una terapia es tomar conciencia de nuestros patrones relacionales y aprender a resignificar lo que sucede dentro y fuera de nosotros.

Nuestros rígidos patrones no son tan fáciles de cambiar. Se crearon cuando éramos pequeños —a veces incluso recién nacidos—, en un momento muy vulnerable de la vida y en circunstancias que nos desbordaron emocionalmente, por lo que tuvimos que adoptar una estrategia de supervivencia psicológica. Esas soluciones desesperadas, tomadas por un cerebro muy inmaduro, quedan inscritas en nuestra carne como aquellos sellos que se graban a fuego en los ganados. Romper con esas actitudes sobre si somos válidos, deseables, capaces…, sobre si podemos confiar o no en las personas, sobre si tales o cuales emociones, sentimientos o pensamientos son apropiados o punibles, etc., implica romper con el suelo que nos sustenta, con aquello que hasta el momento nos ha mantenido vivos. Las resistencias a cambiar son muy altas: se tiene miedo muy profundo a que el cambio sea saltar de la sartén para caer en el fuego.

De hecho, muchas veces nos pasamos la vida reexperimentando una y otra vez los mismos conflictos internos y externos: buscamos ambientes y personas que refuercen nuestra identidad sobre el mundo y sobre nosotros mismos, aunque dicha identidad nos cause sufrimiento, enojo o miedo. Muchas veces de manera inconsciente, preferimos lo malo conocido a lo bueno por conocer; porque abandonar nuestra burbuja de identidad —aunque arrastre creencias del tipo «No valgo» o «Los demás me harán daño»— implica abandonar la aldea, partir a lo inexplorado. Es como si habiéndonos aprendido bien el papel de Sancho Panza —que al menos nos ha permitido mantenernos a flote— de pronto nos metieran en la obra Hamlet: nos sentiríamos perdidos, sin saber cómo reaccionar. Esto hará que busquemos parejas, amigos, jefes, etc., que nos ayuden a representar nuestro papel, aunque dicho papel no sea precisamente constructivo. Esto explica hechos como que mujeres a las que se les obliga a taparse todo su cuerpo con un burka puedan llegar a defender moralmente esa violencia contra ellas mismas, antes que reconstruir toda su identidad y poner en riesgo sus vínculos con sus allegados; o que niños abusados y maltratados defiendan a sus agresores, o consideren que sus agresores tenían una manera especial de quererlos, antes que soportar la idea de que quizá no fueran amados. Perder nuestro sentido de identidad y nuestros patrones se suele vivir como la mayor amenaza a nuestra supervivencia, dado que se vive como una pérdida de control, como un soltar todas aquellas herramientas que en su día nos salvaron, aunque fuera pagando un alto precio.

Este anclaje al pasado, a nuestra identidad —consciente o inconsciente—, supone otra de las grandes resistencias a disfrutar del momento presente. Somos incapaces de entregarnos al aquí y ahora y vivirlo con plenitud porque dentro de nosotros hay mucho miedo a soltar el pasado. Creemos que, si lo hacemos, estaremos perdidos en un bosque oscuro, desnudos, a merced de las fieras. Y, por eso, muchas veces elegimos abrazarnos al malestar que proyecta nuestra mente antes que abrirnos a la frescura y las sorpresas del aquí y ahora; preferimos los laberintos de la mente al insondable espacio abierto.

Ser uno mismo

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A pesar de que solemos habitar en la cabeza, cuando decimos «Yo» y nos señalamos a nosotros mismos, solemos apuntar al pecho. También usamos frases del tipo «Lo digo de corazón» para afirmar que hablamos con absoluta sinceridad, desde aquel lugar profundo que solo compartimos con unos pocos elegidos. ¿Significará esto que ser uno mismo es ser desde ahí?

Según los hinduistas, en nuestro pecho se halla el cuarto chacra, o cuarto centro de energía psíquica. Se trata del chacra del amor (amor en un sentido no romántico). Lo llaman «anajata», que quiere decir ‘el no herido’. Esto nos hace pensar que quizá sean las heridas del corazón las que nos impiden amar con madurez y plenitud. Además, se trata del chacra central —que deja tres chacras por encima y tres por debajo—, por tanto, situado entre el cielo y la tierra, como un portal que comunicara ambos mundos.

Todo esto ya nos da las claves sobre cómo orientar la terapia para conectar con ese yo mismo.

No soy yo

Desde un punto de vista lógico parece imposible no ser uno mismo, pues incluso interpretando un papel o desconociendo por qué hicimos algo, aquellas acciones, pensamientos o emociones vinieron de nosotros, o al menos los hizo nuestro cuerpo. Sin embargo, todos conocemos esa sensación de no ser verdaderamente nosotros, como si no acabáramos de echar toda la carne en el asador, como si fuéramos incapaces de vivir de una manera completa, auténtica, llena de toda nuestra fuerza y vitalidad; a veces, incluso como si lleváramos una existencia que no es enteramente nuestra.

Entonces, ¿cómo es posible esto?, ¿cómo es posible sentir que no somos nosotros mismos si siempre somos nosotros?

La respuesta no está tanto en que uno sea o no él mismo como en que actúe o no de manera centrada o coordinada. Por tanto, nuestros gestos no mienten cuando señalamos a nuestro pecho al decir «Yo»; el problema es que raras veces actuamos desde el pecho, raras veces actuamos de corazón.

Veamos la siguiente analogía para explicarlo mejor. Si observamos a cámara lenta a Rafa Nadal golpeando la bola con una raqueta, apreciaremos cómo todo su cuerpo se coordina para ejercer la máxima presión sobre un punto de la raqueta en un momento preciso. Eso, en el deporte, sería estar centrado.

¿Qué ocurre, en cambio, cuando sentimos que no somos nosotros mismos, cuando vivimos sin pasión, sin fluidez, sin brillo? Pues es como si golpeáramos la bola descoordinados, como si las piernas fueran por un lado, el torso por otro y los brazos por otro; son golpes débiles y erráticos. El caos mental, las peleas entre la cabeza y el corazón, o entre unas partes que tiran hacia un lugar y otras que tiran hacia otro…, todo esto, en psicología, es no ser uno mismo.

Diría el hinduismo que el cielo y la tierra no están coordinados porque el portal que los comunica está bloqueado o parcialmente obstruido. En terapia, sin embargo, lo llamaríamos «yo fragmentado o disociado». Pero la idea subyacente es la misma

¿Qué nos ha descentrado?

Cuando vinimos al mundo todo marchaba bien: nuestro corazón aún no había sido herido («anajata») y nuestra vitalidad se expandía como el esplendor de la luz del sol. Por eso, aquellas palabras de Jesús adquieren especial profundidad bajo este prisma: «Si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos». Porque es en ese corazón infantil, limpio y fresco, donde está la acción auténtica, poderosa y, sobre todo, completa.

¿Os acordáis de vuestra infancia más temprana, y de lo que era actuar con toda la fuerza de nuestro ser? No todo el mundo puede recordarlo: hay personas que, por desgracia, recibieron demasiado pronto fuertes ataques a su corazón. A otros muchos nos llegaron poco a poco, gota a gota. «¿A quién puede dañar una gota?», podríamos preguntarnos. Bien, pero ¿qué pasa si esa gota cae día tras día en el mismo sitio?… Eso también raspa, erosiona y duele.

Cada vez que no nos escuchaban o nos silenciaban, cada vez que nos desvalorizaban («Eso es una tontería»), cuando se reían de nosotros, o nos mandaban obedecer con un grito o un cachete, o cuando nos responsabilizaban de nuestra gestión emocional —como si tuviéramos treinta años en vez de seis—, cuando nos obligaban a tragarnos nuestro enfado o nuestras quejas, cuando nos daban a entender que el adulto sabe y el niño no, cuando los cuidadores no estaban disponibles porque tenían que ir a trabajar, cuando nos hicieron elegir entre papá y mamá, cuando nuestro hogar estaba en guerra y no cesaban las discusiones…; cada vez que esto ocurría, nuestro corazón era golpeado y nos alejábamos más de nosotros mismos, de nuestro centro.

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Las máscaras

Con las heridas en el corazón comienza la fragmentación del yo, y todas aquellas voces que nos prohibían ser nosotros mismos las hacemos nuestras. ¿Por qué? Porque necesitábamos sobrevivir: un niño jamás abandonaría a su tribu, aunque la tribu lo maltratara, porque abandonarla supondría una muerte segura; y la naturaleza prefiere a una persona traumatizada y viva que a alguien feliz y muerto.

Así es como crecemos tratándonos a nosotros mismos tal y como nos trataron, porque obedeciendo y cumpliendo el papel garantizábamos el vínculo con la tribu, y su protección (o al menos reducíamos su agresividad). Entonces aparecieron las máscaras, nuestro personaje, un falso yo que mediara con el mundo para asegurar la supervivencia. Pero ya no somos nosotros mismos, y hemos pasado de vivir a sobrevivir.

Ese es el sacrificio que hacen nuestros hijos por amor a nosotros, los padres. Todos hemos oído hasta la saciedad de lo sacrificado que es ser padre o madre, etcétera, etcétera.; pero ¿quién habla de las renuncias de nuestros hijos para adaptarse a nuestros miedos y preocupaciones, a nuestras inseguridades, a nuestra violencia, a nuestra inapetencia, a nuestras rigideces morales e ideológicas, a nuestra ignorancia?

Recuperar el centro

Uno de los puntos principales de la psicología perenne, tal y como yo la entiendo, es ayudar al paciente a que recupere su centro, a que recupere su «anajata», a que se recupere de las heridas causadas por la violencia de su tribu.

Soltar el personaje y limpiar los daños no es fácil, porque el personaje es como una armadura que protege a nuestro verdadero yo, y no duele igual que dañen nuestra armadura a que dañen nuestra carne. Pero hay una diferencia con respecto al pasado: ya no somos niños; ahora contamos con muchos más recursos y el uso de la armadura es, en la mayoría de las situaciones, innecesario. Pero ¡qué miedo nos da quitárnosla! ¡Llevamos tantos años con ella! Hay quien ni siquiera la siente, y cree que su armadura es su piel.

En todo este proceso, la misión de un terapeuta consiste, precisamente, en generar un espacio de confianza para que el paciente pueda desprenderse de sus personajes, de sus máscaras, de sus armaduras. Para unos es dejar de obedecer, para otros reconocer su fragilidad, o dejar de contentar, o dejar de triunfar, o dejar de sonreír, o de correr de un lado a otro, o de ayudar… Hay tantos personajes como personas. Algunos piensan incluso que es egoísta ser ellos mismos, sin percatarse de que, mientras no sean auténticos, su amor tampoco será auténtico (tan solo será un sustituto tan ingeniosamente fabricado como su falso yo, y adoptará la forma de cadenas, como ocurre con la lealtad o la idealización).

En esta línea de trabajo, la terapia se orienta sobre todo a escucharse y legitimarse, primero dentro del pequeño mundo de la sala terapéutica y después en el extenso mundo del día a día. Entonces uno vuelve a centrarse, a actuar de corazón, a expresarse con toda la fuerza de su ser, a vivir. Toda la energía que consumía mantener las barreras se orienta ahora hacia una acción coordinada y completa, que nace y muere a cada instante, y que los demás no pueden derribar porque fluye como un torrente imparable desde dentro hacia fuera. Ahora que somos niños otra vez, habitamos en ese Reino de los Cielos, que es un amor poderoso y un amor maduro, porque, como dijo Nietzsche: «La madurez es recuperar la seriedad que de niños teníamos al jugar».

¿Qué entiendo por «psicología perenne»?

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El concepto de «psicología perenne» llegó libremente a mí mientras construía mi proyecto de psicoterapia. Como era de esperar, cuando busqué ese término en internet constaté que no era el primero a quien se le había ocurrido juntar esas dos palabras. Aun así, me voy a permitir hablar sobre lo que la psicología perenne significa para mí, en lugar de buscar una definición académica y universal.

Por supuesto, mi origen de «psicología perenne» también proviene de «filosofía perenne», un término de uso más extendido y cuyo significado actual fue propuesto por Leibniz, el filósofo de finales del Barroco. Este se refería a aquella filosofía que subyacía a las corrientes místicas de todas las religiones; es decir, entendía que había una filosofía que no estaba sujeta a las culturas ni al paso del tiempo, que era universal y eterna. Sin embargo, quien popularizó el término fue Aldous Huxley, el conocido autor de Un mundo feliz, y que escribió un libro llamado La filosofía perenne.

En este sentido, la psicología perenne se refiere a una psicología que siempre estuvo allí, en Oriente, en Occidente, en las tribus del Amazonas y de Australia, en los indios Siux, etc.

 

Entender la filosofía perenne para entender la psicología perenne

Dado que el término «psicología perenne» nace por analogía a «filosofía perenne», es fundamental comprender algunos fundamentos que ambas denominaciones comparten. Jorge Noguera Ferrer, en su artículo «Teoría transpersonal y filosofía perenne» (publicado en el libro La consciencia transpersonal), sintetiza muy bien las bases de los perennealistas; por ejemplo:

            1.-Existe la posibilidad de una experiencia de consciencia pura y, por consiguiente, inmediata y universal. De ahí que se afirme que las diferentes tradiciones contemplativas apuntan hacia la misma experiencia, la misma para cualquier época histórica y cualquier persona, haya nacido en la cultura que haya nacido. Lo que cambia de una cultura y de un tiempo a otro es la expresión verbal de esa experiencia; por ejemplo, tal y como señala Jorge Noguera, «La misma experiencia de no dualidad es interpretada como vacuidad (sunyata) por un budista mahayana, como la unión con Dios por un místico cristiano, como el Brahman por un hindú de la tradición advaita vedanta, como una absorción sin objeto (asamprajnata samadhi) por un practicante de yoga propuesto por Patañjali. En todos los casos, la experiencia es la misma, la interpretación distinta».  

            2.-Las prácticas místicas permiten liberarnos de los esquemas y conceptos culturalmente aprendidos y, por tanto, conocernos a nosotros mismos y al mundo de una manera pura, real.

 

Dos ejemplos ilustrativos sobre qué es la psicología perenne

a.-Psicología y budismo. Quizá el ejemplo más evidente es el mindfulness, que ya ha demostrado su eficacia empírica, tanto en estudios sobre el cerebro como en experimentos psicológicos; pero proviene de la meditación budista, y ha estado allí desde hace más de 2500 años.  

b.-Psicología y cristianismo. La religión cristiana hunde su raíz en el amor incondicional de Dios. Del mismo modo, las terapias relacionales derivadas de Winnicott, en las que se fundamenta el psicoanálisis moderno, buscan que el paciente despierte a un amor incondicional que legitime su propia existencia y reavive su capacidad creadora.

(Por supuesto, aparte de estas dos, existen una infinidad de conexiones más sutiles entre mística y psicología, y que darían para escribir muchos artículos).

¿En qué se diferencia la psicología perenne de la psicología convencional?

Fundamentalmente, carece de sentido adherirse rígidamente a un solo modelo o escuela psicológica. Las escuelas representan distintos mapas psicológicos, cada uno centrado en determinadas señales, pero no son el territorio, porque el territorio, la verdad, se halla dentro de uno mismo y se manifiesta como algo eterno y sin forma. De ahí que las diferentes técnicas y conceptos de cada escuela (psicoanalítica, humanista, cognitiva, sistémica, etc.) puedan resultar útiles según lo que necesite el paciente en cada momento de su terapia, pero son solo herramientas, no verdades.

Por ello, la psicología perenne tiene semejanzas con la psicología integradora, y también comparte con ella el interés por las distintas facetas del ser humano: sus cogniciones, su universo afectivo y los vínculos emocionales, la búsqueda de sentido y la significación de la vida, el pensamiento simbólico, los valores… Ahora bien, hay una diferencia: la psicología perenne acepta la posibilidad de que cualquier individuo pueda entrar en contacto con una realidad trascendente. Por tanto, el objetivo de una terapia perenne no es en sí mismo que el paciente sea más funcional en los ámbitos personales y sociales, sino que eso sería un medio para facilitar la madurez espiritual.

¿En qué se diferencia la psicología perenne de un curso o retiro espiritual?

Hay dos diferencias fundamentales. La primera es que se trata de un trabajo personalizado. Es decir, no se te enseña una técnica o se te dan unas directrices puntuales para que luego tú las apliques, sino que, tal y como se procede en psicoterapia, se hace un seguimiento individualizado y continuado, donde se tienen en cuenta las particularidades personales, familiares, sociales, etc. Una de las cosas más importantes que debemos aprender los terapeutas es captar dónde se encuentra cada paciente y cuál es su modo único de percibir, para saber hablarle en su idioma, al ritmo que necesita y decirle lo que en cada momento del camino le puede servir.

La segunda diferencia es que se utilizan técnicas que han sido probadas, bien por los investigadores, bien por más de un siglo de práctica psicoterapéutica. Actualmente, la psicología se encuentra en un punto de madurez suficiente como para que haya un encuentro entre las técnicas usadas en terapia y las usadas en ámbitos religiosos y espirituales. En ese encuentro, lo espiritual fortalece a la psicología, y la psicología a lo espiritual.

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Para terminar…

No debemos olvidar que la palabra «psicología» proviene del griego clásico, en donde «psique» significa ‘alma’, y «logía» viene de «logos», que hace referencia a la investigación o al estudio; de ahí que la psicología sea, etimológicamente, el estudio del alma.

En definitiva, la psicología perenne aúna la experiencia de más de un siglo de terapias e investigación científica del alma (mente, emociones, percepción, consciencia) con los insights e intuiciones de todos los grandes sabios que ahondaron en el funcionamiento y el sentido de la existencia humana y que inspiraron a millones de personas, en el pasado y en el presente.